
Lluïsa Vidal (1876-1918) formó parte de la generación joven de artistas modernistas catalanes. En su época pocas mujeres podían destacarse en el arte. Le favoreció el hecho de ser hija del mueblista Francesc Vidal, que la educó para que pudiera mantenerse de forma autónoma. Recibió una sólida formación artística; sus profesores de música fueron Granados, Albéniz y Casals, y participaba en las fiestas modernistas organizadas por Rusiñol. Además de pintora, dibujante e ilustradora, fue una gran retratista. Su pintura es vibrante, de trazo seguro y de pinceladas atrevidas.
Se trata de una de las pocas mujeres que pudo dedicarse profesionalmente a la pintura y vivir de ella.
En 1898, con veintidós años, exponía por primera vez su obra públicamente en la IV Exposición de Bellas Artes e Industrias Artísticas de Barcelona recibiendo una cálida acogida por la crítica que definiría su obra como muy «viril», adjetivo con el que pretendían alabar su talento cercano al de un hombre. Allí fue premiada con una mención honorífica.

Lluïsa fue la única pintora española de la época, que completó sus estudios en París. Viajó sola, en una época donde las mujeres jamás viajaban solas. Se instalaría en París a principios de junio de 1901. Allí conoció a Henri Léopold Lévy, un pintor academicista con quién fraguó una buena amistad. En 1902 se matriculó en la Acádemie Julien, la única escuela que aceptaba alumnas. Lluïsa pasaba mucho tiempo en el Louvre, observando y copiando las obras de arte de la gran pinacoteca. Además de dedicar su tiempo al arte, Lluïsa entró en contacto con el feminismo que hervía por aquel entonces en muchos lugares de Europa.

En 1903, la familia la llamó para que volviera a Barcelona. A partir de esa fecha se dedicó a preparar una exposición tras otra. En 1905 una serie de acontecimientos adversos frenan su carrera: su hermana Carlota muere de viruela —ella le pinta este retrato idealizado— quedando la familia hundida. Con la situación económica familiar al límite, ella sostiene a la familia pintando y dando clases particulares de arte en su estudio. En 1913 abrió una Academia en la Calle Grande de Gracia donde impartía cursos de modelado en yeso, decoración, acuarela, dibujo y pintura con modelos. Al mismo tiempo colaboraba de forma mensual en la revista «Feminal» mediante sus ilustraciones.

La suya fue una vida breve pero intensa pues dejó de existir en 1918 a los 42 años, víctima de la mortal epidemia de gripe. Tras su muerte, la Sala Parés montó una gran exposición retrospectiva aunque no pudo impedir que la artista seguidamente cayera en el olvido. Hasta tal punto que ni siquiera la citan en algunos capítulos del Modernismo Catalán.
Un Modernismo en femenino: Lluisa se libró de entrar en la llamada ‘pintura femenina’, que solía limitarse a las flores y a los bodegones, para optar por la persona, protagonista de sus pinturas, retratando la gente de su entorno. Sus obras sobresalientes plasman la vida diaria de las mujeres: la colada, el cortejo, los momentos de ocio. Sus pinturas eligen unas protagonistas femeninas muy lejos de las captadas por sus compañeros, ya que las de Vidal prescinden de cualquier tipo de erotismo, a diferencia de las escogidas por los pintores modernistas.
Lluïsa Vidal, una de las pocas artistas presentes en las colecciones del Museo Nacional de Arte de Cataluña, se reconfirma otra mujer valiente en el universo del Arte, que contribuyó al enriquecimiento del vasto panorama cultural al alternar su carrera artística con la docencia en una academia femenina de dibujo y pintura, creada por ella. La idea de colaborar e impulsar el aprendizaje de la mujer no la abandonó nunca.
Algunas de sus obras





